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Cómo escribir para convencer a un juez (método S.A.C.)




Me preguntaba cómo puedo ayudar a mis alumnos de pregrado a recordar que la redacción legal, para ser persuasiva, debe abandonar el paradigma de la erudición y del lenguaje arcaico, para transitar hacia un paradigma transparente y claro.

El mundo sigue dando vueltas, la innovación y la velocidad se imponen como prácticas en la economía y la sociedad, mientras abogadas y abogados siguen pegados a un pasado en que su trabajo y estilo comunicativo nadie entendía ni entiende (salvo ellos mismos).

El temor que observo en muchos jueces y juristas, cuando hablo de lenguaje claro, es el miedo a perder la técnica jurídica atesorada en el largo caminar de estudios formales y experiencias profesionales vividas. Abandonar el conocimiento de la “ciencia del derecho” es demasiado doloroso para los juristas. Pero nunca he planteado eso: el conocimiento acabado sobre el derecho y sus fuentes es imprescindible para lograr un buen análisis de casos legales, por ello recomiendo, cada vez, aprender más sobre los conceptos y el funcionamiento real del sistema jurídico.

Pero no equivoquemos mi argumento: saber más y mejor sobre el derecho vigente es imprescindible. El error aparece cuando quieres comunicar dicho razonamiento: si eliges categorías conceptualmente sofisticadas o un estilo arcaico, pierdes efectividad, porque le pones la tarea más difícil a tu lector/interlocutor. En la dimensión comunicativa necesitas escribir se manera Sencilla, Atractiva y Convincente (S.A.C.).

El lenguaje que la mayoría de la gente entiende es el sencillo, compuesto por palabras de uso general que son asequibles al lector promedio (SENCILLO). Recordemos que en nuestro país, de cada dos estudiantes que culminan los estudios secundarios, sólo uno entiende lo que lee. Podría pensarse que el panorama mejora con los graduados universitarios, máxime si se trata de abogados. Pero la “ciencia” y el lenguaje jurídico pueden llegar a ser muy técnicos y especializados. Mientras se empleen palabras más técnicas o anticuadas, hay menos posibilidades de que el lector, incluso el jurista profesional, pueda entender el mensaje. Una forma de asegurar la claridad es usar palabras sencillas, en la medida de lo posible. Si el raciocinio exige categorías técnicas, es menester explicarlas.

Nadie quiere aburrirse cuando lee algo, al contrario, quiere encontrar en el texto algo interesante (ATRACTIVO). Las conceptualizaciones abstractas le van bien a filósofos y teóricos, no a tomadores de decisiones prácticas. Juezas y jueces tienen muy poco tiempo y están cansados hasta el hartazgo de papeles aburridos y mal escritos. Hay que contarles historias interesantes, bien resumidas, con el uso del lenguaje correcto, ni ampuloso ni gaseoso, sino concreto y específico. Una historia bien contada requiere buen ritmo, brevedad y palabas que no exijan que nuestro lector sea historiador del derecho ni un súper especialista.

La reacción persuasiva está basada no sólo en una historia creíble sino bien documentada (CONVINCENTE). La buena narrativa atrae, las pruebas convencen. Es necesario mostrar en el texto que todo lo dicho se apoya en evidencias  que hemos tenido la diligencia de recabar, organizar y exponer con claridad. Ningún giro lingüístico, por brillante que sea, reemplaza la fuerza de unas alegaciones bien sustentadas que presentan una historia coherente.  

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