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¿Por qué las universidades peruanas no figuran en los rankings mundiales?




Entre la autocomplacencia y la mediocridad


Soy egresado y enseño hace 20 años en la Pontificia Universidad Católica del Perú, hoy tan manoseada por la prensa. El año pasado anduvimos muy contentos en la Facultad de Derecho,  pues la revista América Economía[1] nos daba como la mejor universidad privada del país (San Marcos aparecía como la mejor entre las públicas) y, de lejos, como la mejor Facultad de Derecho.

Desde que era estudiante, más crítico que hoy, solía decir que nuestra amada Facultad no era la mejor sino la menos mala en el país. Años más tarde tuve oportunidad de conocer las más famosas Facultades de Derecho del país, primero, y algunas de España, Bélgica y Estados Unidos, tanto en períodos largos como breves, después. En las últimas pude desempeñarme con comodidad (salvo algunos estropicios lingüísticos) y tomar consciencia que cualquier peruano estudioso y voluntarioso podría salir adelante en cualquiera de estos exigentes ambientes académicos. El problema de falta de rendimiento no es de los alumnos (si están bien preparados y tienen la ambición suficiente) sino de las condiciones en que la tarea académica se desenvuelve cada día.

Hoy veo, sin sorpresa alguna, que Times Higher Education[2]  publica el ranking de las 400 universidades con mejor desempeño en el mundo. Sólo aparecen 3 sudamericanas, dos brasileras encabezadas por la Universidad de San Pablo (puesto 178), la Universidad Estatal de Campiñas y la Pontificia Universidad Católica de Chile. ¿Por qué no figuramos en estos importantes rankings internacionales que nos podrían poner en el mapa global?

Hay muchas explicaciones, sólo me quiero referir a cuatro ausencias muy típicas entre nosotros: la falta de financiamiento, la falta de investigación académica, la falta de postgraduados y falta de acreditación a escala internacional.

Una gran universidad lo es, en mucho, por la cantidad de recursos que destina a la investigación. Esos recursos pueden venir del Estado, de empresas privadas o de donantes que en vez de dejar parte importante de su patrimonio a familiares, lo decide aplicar al desarrollo de la ciencia, por ejemplo, en su alma mater. Esta sana tradición norteamericana y europea no la hemos sabido imitar. En el Perú el Estado invierte poco en educación pública, mientras que a las empresas y personas privadas  no les interesa donar en este campo, tal vez porque no es “visible” en el corto plazo. Sin embargo, todos los expertos coinciden en que sin un pueblo educado, sin individuos que se conviertan en ciudadanos autónomos porque tienen trabajo y son generadores de sus recursos y su destino, y porque pueden hacerlo gracias al poder de sus mentes educadas, sin ellas y ellos ningún desarrollo es sostenible en el tiempo.

Las universidades se miden por sus resultados en el mundo. Estos tienen directa relación con la cantidad y calidad de las investigaciones que se incuben y maduren en los ambientes universitarios. Se miden por cuántas patentes se logren inscribir y por cuántas revistas prestigiosas citen los resultados de la investigación básica o aplicada, normalmente en lengua inglesa. En el Perú faltan recursos, faltan investigadores y falta investigación. Puedo comentar que sólo en el doctorado en Derecho de mi universidad, hace poco tratando de impulsar mi investigación de tesis, no encontraba espacio físico para sentarme a leer en la biblioteca, sin embargo la universidad nos urgía a desarrollar las tesis que nos conducirían a optar por el ansiado grado de doctor… ¿Paradójico no?

Nos faltan postgraduados. Aunque las tasas han mejorado algo en los últimos años, siguen siendo muy bajas. Al parecer, en mi alma mater el número mágico es 10. De 1200 egresados de maestrías en los últimos 15 años, sólo se graduaron a Junio del 2010 120 candidatos. De los 300 profesores que actualmente integramos el Departamento de Derecho, sólo 30 cuentan con el grado de doctor. El 10% en cada caso. Esto es, sólo el 10% de nuestros estudiantes tienen la oportunidad de estudiar con alguien que tuvo no sólo el talento sino la disciplina y el coraje de sacrificarse a pesar de la falta de apoyo financiero y condiciones materiales para intentar crear conocimientos en su investigación de tesis.

Y, entre tantas otras cosas, nos faltan estándares internacionales. Hoy se han puesto de moda los procesos de acreditación, mediante los cuales las universidades peruanas quieren exhibir que, luego de exigentes y engorrosas evaluaciones, entidades internacionales nos han certificado. Pero lamentablemente muy pocas logran hacerlo, pues lo que se suele medir son indicadores de los que carecemos, algunos de ellos reseñados aquí. Debemos seguir intentándolo, pero más y mejor.

No quiero terminar en tono de aguafiestas. Para pasar de ser los menos malos a los mejores, empresas y Estado deben decidirse a apostar por la educación en serio, desde la inicial hasta la superior, no para que las peruanas aparezcan en rankings universitarios internacionales, sino porque no hay otra forma de medirnos intelectualmente en el contexto mundial, y porque no hay otra forma de remontar la pobreza y el subdesarrollo, sino con el poder de nuestros cerebros educados, innovadores y decididamente empeñados en salir adelante.

Comentarios

Jose Luis Lasso Fontecha ha dicho que…
Saludos de un estudiante de derecho desde Colombia, considero que usualmente pienso lo mismo, ante esa falta de financiación y demás no puedo evitar sentir restringido mi derecho a la educación y encuentro pocas soluciones a esta dificultad.

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